Cuando Dana Bjarner publicó organizaba un viaje por Galápagos con Maysa Santoro y Katjana Cabenda, supe que me hallaba ante algo especial.
Echada para adelante como soy, me puse en contacto con Dana para expresarle mi interés. Lo que entonces no sabía era el transcurso inesperado de sucesos que estaba por desencadenarse.
Tras unos meses complicados y varias circunstancias desfavorables, volví a escribirle:
"Me habría encantado unirme a este viaje, pero por desgracia este año va a ser imposible".
Lo que tampoco sabía, es que Dana tenía sus propias ideas (Entre otras, que pudiese proporcionarle mi Guía de Fotografía Subacuática al grupo).
Y que tras dos conversaciones telefónicas, cierta gimnasia mental y algunas decisiones moderadamente alocadas por mi parte, me vería subida a un avión a San Cristóbal para hacer realidad lo que había categorizado de imposible: un sueñ0 que superó toda expectativa.
Esto era algo que, mucho antes de saberlo, ya intuía. Sin haber puesto el pie en Galápagos, la vida ya apuntaba en esa dirección. El arcoíris proyectado sobre la pared blanca del avión al descender sobre la isla fue mi primera señal de que lo que esperaba era, sin duda, extraordinario.
Las Islas Galápagos no son un lugar cualquiera. Forjadas por fuego volcánico y actividad sísmica, y situadas en la confluencia de tres corrientes oceánicas, han estado aisladas del resto del mundo durante millones de años. Se trata de un archipiélago que parece existir bajo sus propias reglas.
Son hogar de especies endémicas inimaginables en otros rincones del planeta. Sus iguanas marinas (el único lagarto del mundo adaptado para subsistir en el mar) se camuflan entre rocas negras de lava. Sus tortugas gigantes, que son emblema del archipiélago, son testigos de la transformación del ecosistema por su longevidad. Bajo la superficie, en el profundo azul, se desplazan especies que rara vez se dejan ver en otros lugares del planeta.
Es el territorio que inspiró a Charles Darwin y su teoría de la evolución. Pero más allá de la ciencia, hay algo difícil de explicar: una sensación constante de estar en un equilibrio distinto.
La vida aquí ya no gira en torno al ser humano, sino que coexiste con otras formas. Los leones marinos son un perfecto ejemplo. Estos ocupan bancos, playas y muelles como si la isla fuese suya (porque, en muchos sentidos, lo es).
Esa forma de coexistencia se aprecia en todo: en la forma en la que los locales se relacionan con los animales, en las regulaciones que protegen al ecosistema, en la manera en la que el visitante aprende rápidamente que aquí no viene a dominar, sino a observar.
Durante los días que pasé en San Cristóbal, esa sensación de estar en “otra dimensión” se fue construyendo poco a poco, no solo a través de sus paisajes surreales e imponentes (como los del León Dormido y Punta Pucuna), sino de los momentos que definieron este viaje.
Dentro de lo esperado (y es que que Galápagos sorprenda es algo de esperar), vivimos una serie de sincronicidades únicas, como si esa puerta que separa lo posible de lo improbable hubiese quedado abierta.
A pesar de sus frecuentes aguas turbias, la espectacular e imponente roca León Dormido nos bendijo con aguas azules y cristalinas en las dos ocasiones en que las visitamos. Otro regalo del león fueron las escuelas de tiburón martillo que logramos avistar en condiciones casi perfectas. “You are so lucky”, nos dijo nuestra guía.
Cuando visitamos El Junco (la laguna en las tierras altas de San Cristóbal, y única fuente permanente de agua dulce de todo el archipiélago), el cielo se abrió en un azul despejado donde normalmente domina la niebla. Algo que, según decían también, no ocurre tan a menudo.
Pero más allá de lo extraordinario, lo que realmente definió el viaje fue lo ordinario: lo cotidiano, que se torna en un regalo cuando es compartido con intención.
Muchas nos juntábamos al comienzo del día para compartir silencio, respiración, y alguna sesión improvisada de yoga y estiramientos. También el primer café de la mañana. El café de por la tarde, por su parte, terminó por convertirse en un ritual (nuestro "Coffee Cult"), y los espacios cotidianos (como la azotea del hostal o la cubierta del barco) se transformaron en plataforma para intercambiar nuestras historias...Unas veces más profundamente; y otras veces solo para alimentar nuestras bromas, que iban creciendo día tras día. Otros rituales nacieron espontáneamente, como los karaokes improvisados en el barco mientras nos desplazábamos cada mañana hacia un nuevo destino.
Todo esto abrió camino a un tipo de conexión que no ocurre en una cena rápida o en un “catch up”, sino en la convivencia: en el tiempo compartido y en la repetición de pequeños momentos cotidianos.
La vida en la isla también traía consigo una simplicidad que, sin buscarlo, se volvía central.
Poco internet. Pocas distracciones más allá del presente. Horas caminando. Horas nadando. Horas simplemente estando.
El foco volvía a lo esencial: moverse, explorar, compartir, observar. Recordar que el cuerpo está hecho para algo más que una silla. Que la atención, cuando no está fragmentada, se expande. Que crear sucede de muchas maneras, no solo a través de imágenes, sino también de conversaciones, experiencias e ideas compartidas.
Photos by Dana Bjarner
La parte que yo esperaba era que Galápagos me impresionara, aún sin saber cómo. Llegué a este viaje buscando una nueva experiencia, y algo más de re-conexión (conmigo misma, con el mundo, y con otros). Lo que no sabía es que iba a encontrar muchas más cosas: nuevas amigas, proyectos, perspectivas. Un espejo sobre mis propios deseos. Una versión más elevada y amable de mi misma, también, facilitada por el contexto y las personas que lo formaban. Un corazón un poco más ligero, y un apetito renovado por la vida (tras aquellos meses turbulentos que mencionaba al principio).
Desde su génesis, este viaje vino marcado por desafiar desde lo probable hasta lo imposible. Al final de nuestra última tarde, regresando de nuestra visita mágica al León Dormido, un arcoíris apareció nuevamente sobre la isla.
Un cierre también inesperado, pero apropiado como ninguno.
No sé si existen portales a otras dimensiones en Galápagos. Pero sé que esta semana me invitó a creer un poco más en la magia. A esperar lo inesperado. Me recordó que hay personas y lugares que cambian ligeramente tu forma de mirar, de moverte y de relacionarte con lo que te rodea. Que más que acumular avistamientos y destinos, podemos abrazar una forma más real y humana de viajar, y de movernos por la tierra.
Si has disfrutado del blog, te invito a suscribirte a mi newsletter para leer las reflexiones más personal que surgieron de este viaje (sobre conexión, desconexión y lo que realmente echamos de menos en un mundo diseñado para la eficiencia), y de todas mis otras aventuras.


